Las mujeres suponen el 65% de las personas empleadas directa o indirectamente en el sector de la floricultura. La mayoría de ellas son madres cabeza de familia, con baja cualificación académica formal. La gran dependencia a este trabajo deriva en una alta complejidad a la hora de reivindicar sus derechos ante la explotación laboral.

En el año 2015, de los 48,2 millones de personas que vivían en Colombia, 600.000 dependían del sector de la floricultura. Sin embargo, solo 130.000 estaban empleadas como trabajadores y trabajadoras (90.000 directos y 40.000 indirectos) y de ellos, el 65% eran mujeres y el 35% hombres, según los datos del DANE.

La floricultura es uno de los sectores más feminizados en materia de producción en el país. Según Asocolflores el sector empleaba formalmente en el 2015 a un 25% del total de las mujeres contratadas a nivel nacional, de las cuales, la mayoría son madres cabeza de familia con poca o nula formación escolar, que en muchos casos han sido desplazadas de diferentes regiones por el conflicto social y armado colombiano. Esta situación se encuentra con la poca variedad en la oferta de trabajos formales en las zonas dedicadas a la floricultura. Ambas condiciones provocan una mayor dependencia de su trabajo y consecuentemente, alta complejidad a la hora de reivindicar sus derechos ante la explotación laboral. Según datos del DANE, en junio de 2017, la tasa de desempleo de mujeres era del 11,7% mientras que la de los hombres fue del 7%.

La investigación ‘Flores colombianas: entre el amor y el odio’ realizada por la Corporación Cactus encontró factores asociados al género en la diferente “asignación de tareas y cargas laborales, (en el caso de las mujeres los movimientos repetitivos y la rapidez son predominantes tanto en cultivo como en postcosecha y en el de los hombres la mayor preocupación gira en torno a los riesgos químicos)”, esto tiene como consecuencia mayores afectaciones en la salud emocional de las mujeres respecto a los hombres.

Otro aspecto a resaltar es que las mujeres trabajadoras de flores desarrollan dobles o triples jornadas laborales, ya que luego de cumplir con las jornadas remuneradas, llegan a casa a continuar con las labores domésticas y de cuidados, y  en algunos casos para complementar los gastos del hogar venden alimentos, productos estéticos, ropa, entre otras cosas (entrevista, 2017, Asociación Herrera); y en otros casos, las responsabilidades del trabajo doméstico recaen sobre hijos e hijas de las trabajadoras, especialmente sobre las niñas. Por ello, el sector floricultor ha generado cadenas de explotación potenciando la feminización de la pobreza.

Paradójicamente, las razones más comunes entre los empresarios para justificar la mayor contratación de mujeres que de hombres están relacionadas con las cualidades que se atribuyen a la feminidad, como el cuidado, la delicadeza, la destreza o la paciencia. De esta manera incurren en la esencialización de las mujeres y la apelación a unos atributos supuestamente naturales. Las empleadas, como denuncia el colectivo Inspiraction, se ven obligadas a realizar largas jornadas laborales que en temporada de alta demanda como San Valentín, Día de la Madre, Día de la Madre rusa y Sant Jordi, entre otras, pueden  llegar hasta a 20 horas de trabajo al día.

La floricultura colombiana al ser uno de los pilares de la liberalización económica del país por tener un amplio mercado de exportación ha ido generando graves vulneraciones de derechos laborales y ambientales. Por las características anteriormente nombradas, llama la atención la alta vulneración de los derechos de las trabajadoras: hay sistemáticos casos en los que las mujeres no gozan de baja por enfermedades o por maternidad, incluso trabajan hasta los 9 meses de embarazo sin tenerse en cuenta la cercanía a productos que pueden generar complicaciones en los estados avanzados de gestación. Esto ha llevado a la naturalización de dolores o síntomas que las mujeres viven cotidianamente, lo que va generando una actuación silenciosa de enfermedades que van reduciendo la esperanza de vida de las trabajadoras. La organización Cactus ha denunciado que algunas empresas exigen a sus empleadas que se realicen la ligadura de trompas o piden test de embarazo para asegurarse de que no esperan descendencia: “la mayorí­a no goza de baja por enfermedad o por maternidad, pocas están amparadas por alguna cobertura sanitaria o de desempleo y aún menos consiguen ahorrar para el futuro”, señala Inspiraction en el mismo artículo.

Los incrementos en las cargas laborales a medida que se ha ido expandiendo el sector floricultor han aumentado respecto  al nivel de la inestabilidad laboral. Durante los años en los que el dólar sufrió una depreciación por la crisis económica mundial los despidos fueron masivos, y lo que hacían cinco trabajadoras pasó a hacerlo una, forzando el aumento en la productividad a más de un 35%, lo cuentan desde la corporación Cactus en su podcast: “Día Internacional de los y las Trabajadoras de Flores”.

La actividad laboral en la industria de las flores tiene consecuencias en la salud para las trabajadoras de carácter directo e indirecto. Entre las principales condiciones laborales Marta Cecilia Vargas en su investigación Afectación de la salud de los trabajadores de la floricultura en la Sabana de Bogotá’, menciona posturas corporales estáticas; largas jornadas laborales, principalmente en temporada alta; movimientos repetitivos; uso de plaguicidas; exposición altas y bajas temperaturas; contacto con las flores; exposición a rayos solares; permanecen la mayor parte de la jornada laboral de pie; el movimiento de corte con la tijera de maneras repetidas y el levantar el brazo y columna.

El contacto dérmico e inhalación de productos tóxicos utilizados en la fumigación de las flores, tiene consecuencias a corto y largo plazo. Los pesticidas tienen un amplio espectro de toxicidad, debido a las altas temperaturas producidas en los invernaderos y son más fácilmente inhalados o absorbidos por la piel, según War on want. Estas condiciones provocan en las trabajadoras problemas respiratorios y alergias, asma y dermatitis, entre otras.

También se envenenan quienes riegan y fumigan los cultivos, y quiénes trabajan luego allí, en este aspecto la presión internacional que ha llevado al sector a hacer uso de sellos de calidad a generado algunos avances respecto a los usos de agroquímicos con menores niveles de toxicidad. Pero sigue siendo común el uso de agroquímicos con fuertes niveles tóxicos que ya han sido prohibidos en otros lugares del mundo. Una preocupación actual por tales efectos se centra en las poblaciones generales no expuestas ocupacionalmente, es decir que los efectos que traen los agroquímicos tóxicos no afecta sólo directamente a la población que trabaja en las empresas, sino que también afecta a las y los residentes de los territorios humanos, animales, vegetales, minerales.

Respecto a los efectos de los agroquímicos tóxicos es muy difícil especificarlos, además porque    no suelen manifestarse inmediatamente, de ahí la dificultad de diagnosticar este tipo de casos como enfermedades de origen profesional. Muchas veces, estos agroquímicos dejan huellas imborrables que invaden el cuerpo entero (por ejemplo, con la dermatopoliomisitis una enfermedad que ataca de un momento a otro afectando los huesos, los músculos y la piel, caso documentado por la Corporación Cactus). Lo mismo sucede con el efecto del excesivo calor del invernadero y gotas de agua de las plantas que chispean las pieles obreras que luego vivencian enfermedades dérmicas (así ocurre con las manchas cancerígenas). El terreno de plaguicidas, niveles de toxicidad y enfermedades relacionadas con ello es un campo muy abierto y complejo respecto a la floricultura de exportación.

Las posiciones corporales y los movimientos repetitivos pueden provocar en los cuerpos de las trabajadoras diferentes afecciones entre ellas cuentan el síndrome del túnel del carpo, lesiones traumáticas por roturas parciales del manguito rotador, discopatía cervical y venas várices, entre las más comunes.

Por otra parte, cabe mencionar la carga psicosocial a la que están sometidas las mujeres trabajadoras, ésta genera el estrés laboral por la producción bajo presión para cumplir con los tiempos de exportación y de la misma manera, el ambiente pesado entre las trabajadoras. Entre las mencionadas se encuentran afecciones que se manifiestan a corto y largo plazo en el cuerpo, cuando estas se expresan una vez se ha dejado el trabajo la responsabilidad de las empresas contratantes queda aún más en el aire y son repetitivos los casos en que muchas mujeres quedan a pocas semanas de recibir sus pensiones y son sometidas a largos juicios para poder acceder a su derecho.

Dada la alta dependencia económica, la cantidad de horas trabajadas y las consecuencias en la salud de estas mujeres es posible hablar de una expropiación de los cuerpos materializada en las rosas cortadas exportadas. En la revista nómadas de Bogotá # 43, se habla de una corporalidad femenina enajenada que ha ido creando unos cuerpos envenenados, enfermos y silenciosos; pero también cuerpos muy fuertes y constantes, con una capacidad de resistencia física y psicológica, y con muchas ganas de rehacer sus proyectos de vida.

Foto de: Andrea Puentes